lunes, 10 de octubre de 2016

Mar, amor y poesía

Luego de aquel desengaño amoroso en aquellos momentos de mi vida de escritor no podía concentrarme en mi poesía. Habitaba en un pequeño departamento del centro de la Ciudad, en medio del bullicio y la contaminación provocada por el tráfico automotor, y en ese caluroso verano ambientado por el aire acondicionado  sentía que mi espíritu se encontraba en completa soledad.
Entonces pensé que era un buen momento de mi vida para viajar y despegarme de todo aquel atolladero de mi alma que me quitaba por completo la inspiración. Sería una forma de recapitular y de apaciguar de algún modo ese sufrimiento. Aún me dolían mucho las heridas causadas por esa relación deshecha, que ocupaba permanentemente mi alma como una pesada carga. Por ello, quería buscar un sitio especial y solitario que me hiciera olvidar en ese ambiente de aquella presencia amorosa que permanentemente me perseguía, con su fragancia, su risa y sus cálidos besos.
Pensaba que debería tratar de hallar un lugar bello frente al mar, donde el tiempo no fuera tiempo, sino una excusa para gozar del paisaje. Un lugar donde las olas borraran de mi mente aquellas tristes pisadas sobre la arena húmeda de mi vida. Estaba convencido que un viaje hacia ese lugar mágico e  imaginario, constituiría un sedante para ese sufrimiento y con la cálida arena como testigo, podría ser la mejor manera de retomar mi inspiración poética y aplacar mis penas.
Y fue así, que recorriendo las costas con mi automóvil, encontré al azar, como provocando al destino, un espacio natural paradisíaco sobre el mar, con un entorno privilegiado entre las playas, enmarcado en unos hermosos jardines rodeados de promontorios rocosos. La suave brisa de la mañana acompasaba el lento ondular de las aguas, que mansamente acariciaban las arenas de la playa. El mar desplegaba con señorío su mejor azul en armonía con el cielo, mientras las gaviotas daban rienda suelta a su algarabía, al vislumbrar en el horizonte lejano unas pequeñas lanchas de unos pescadores que regresaban con su preciada carga.
Ese atractivo lugar era el que tanto había idealizado e inmersa mi alma en ese paisaje soñado tan hermoso y desconocido, me dispuse a pasar las vacaciones allí. Luego de alojarme en un pintoresco hotel con vista a ese paisaje, decidí tomar un café en el bar, pero cuando quise escribir algunas notas, mi mente despechada comenzó a martirizarme nuevamente con aquel romance trunco. Entonces, decidí dirigirme directamente hacia las playas como forma de ahuyentar esa pena que permanentemente me perseguía.
Caminé durante un rato por las arenas de la playa bajo un sol cálido y radiante, sintiendo las caricias de la fresca brisa del mar y luego me desvié hacia un pequeño sendero bastante empinado que ascendía entre las rocas. Como no vislumbraba nada en especial y cansado por el esfuerzo, por un momento pensé en volver sobre mis pasos, pero justo en ese instante obtuve la recompensa. Encontré un amplio espacio que era como una especie de mirador, donde se divisaba desde la altura ese inmenso paisaje de arena, en el que iban a descansar las inquietas aguas del mar.
La brisa peinaba las arenas emulando los movimientos del interminable flujo de las olas, mientras el aire marino inundaba de salitre el ambiente. Deslumbrado por el espectáculo, me senté en una roca que me permitía ver en su totalidad esa playa tan hermosa, pensando que con mis poesías nunca  podría llegar a expresar completamente toda esa belleza. Porque me parecía imposible describir el murmullo del oleaje del mar, o el arrullo de la brisa celebrando alegre en sus oídos, o el deslizar de la espuma de las olas, besando con amor las blancas arenas de la playa.
En esa inmensidad del mar, poco a poco  sentí que se iban convirtiendo mis penas y preocupaciones en algo tan pequeño y trivial como un diminuto grano de arena de esa preciosa playa. Allí comprendí que necesitaba quedarme un tiempo en ese paraíso para cicatrizar esas heridas y retomar por completo mis ansias de escribir, mientras una sonrisa de admiración acudió a mis labios cuando observé sobre la playa a unas hermosas mujeres desnudas tomando sol.
Y al cabo de unos días mi vida volvió otra vez a su lugar, porque renació en mí el deseo de la poesía, inmerso en una nueva historia, bajo una sonrisa provocadora y la mirada luminosa de unos enormes ojos verdes. Nos vimos muchas veces y paseando por esas playas surgió entre nosotros un romance maravilloso e impensado. De ese modo, poco a poco, comencé a comprender lo pueril y artificial que había sido aquella anterior relación y todo aquel desencuentro que había tenido en mi vida.
Porque, amor, exactamente eso, amor, fue lo que sentí en un segundo tan largo como una eternidad junto a ella frente a la belleza de ese mar y pude percibirlo claramente en aquel encuentro final de mis vacaciones. El sol iba cayendo sobre la playa en el ocaso y se dejaba querer, mientras acariciaba aquellos rubios cabellos salados, intuyendo el preludio de un éxtasis ya próximo.
El oleaje arrullaba las aguas olvidando detrás unas blancas estelas, que se iban empequeñeciendo poco a poco en el horizonte, hasta que finalmente el sol como una roja bola de fuego inició su agónico descenso, danzando con el mar en un último rito. Cuando el sol desapareció, el ocaso se convirtió en penumbra y el océano comenzó a ser delicadamente pintado por la luna. Luego la noche llegó sobre el delgado pliegue de las olas, para disolverse finalmente en un baño de sal, iluminado por la luna y las estrellas.
Después de gozar de aquel fabuloso espectáculo, esa  noche en la habitación del hotel, nuestros cuerpos inmersos en deseos, eran como olas impulsadas por el viento que iban aumentando progresivamente en intensidad y rompían voluptuosas, emitiendo salvajes gemidos en un frenético ir y venir. Y fue gracias a ese viaje al lugar que había idealizado frente a la belleza del mar, donde se  disiparon por completo aquellas sombras que angustiaban mi alma y mi inspiración por la poesía.
Al día siguiente decidimos retornar juntos a la Ciudad. Cuando regresaba con ella en mi automóvil ya estaba amaneciendo en el mar y se formaban bordes dorados en las nubes por el reflejo de la aurora, mientras el viento creaba increíbles formas como si estuviesen en manos de un eximio escultor. Y entonces, en esa inmensidad del mar imaginé que salía volando junto a mi amor hacia un nuevo destino en mi vida de escritor, montado en las alas de las blancas gaviotas que en esos momentos revoloteaban en el cielo. 
Y luego de ese viaje mágico y maravilloso volví a mi departamento del centro de la Ciudad en medio de los ruidos y la polución, pero en ese caluroso verano ambientado por el aire acondicionado, acompañado con ella, aquel  entorno negativo que me rodeaba anteriormente ya no tenía importancia, y pude concentrarme nuevamente en mi poesía.














Seleccionado I Certamen Literatura Perdida.
Género relato breve. Incluido en libro de antología.
Perdida entre Culturas y Altaïr. España. Octubre 2016.

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