martes, 19 de enero de 2016

Botines de fútbol

De regreso del reformatorio después de cinco años y liberado del peso de aquel suceso, ya con mi mente en paz y despojado de aquellos pensamientos que me acosaban, trataba de la mejor manera posible de enfrentar el futuro. Para ello, estaba desandando nuevamente la atmósfera de ese período oscuro de mi niñez retronando nuevamente a mi viejo barrio de la ciudad donde transcurrió mi infancia.
― “¿Que había sido de todo aquello?” ―, pensaba después de tantos años parado en la vereda de la casa de mi tía, mientras la escuchaba hablar y hablar, como si sus palabras fueran figuras entrelazadas de un inventario del pasado. Su casa estaba emplazada justo frente a la vieja casa alquilada del barrio donde yo había vivido con mis padres en mi niñez. Al caer la tarde, cuando el sol acariciaba el follaje de los árboles, esa imagen arrancaba de mi alma muchísimos recuerdos. En aquella casa hoy estaba viviendo gente extraña y todo había cambiado.
Mi tía, me dijo que de golpe surgieron como de la nada camiones y máquinas de la Municipalidad y en menos de una semana asfaltaron la calle. Habían construido una hermosa vereda de baldosas de cemento que abarcaba toda la cuadra. Ahora allí, unos niños jugaban, correteaban y gritaban con alegría, como cuando yo era pequeño. En esos momentos, recordaba de mi infancia algunos instantes de felicidad, que nunca el tiempo llegaría a borrar. Por aquella calle polvorienta, el camión regador siempre aparecía en verano por las tardes y todos los chicos lo corríamos alegremente por detrás, hasta el asfalto que rondaba la plaza principal. Y también algunos de tristeza, cuando ya se hacía la noche y mi madre me llamaba para la cena, siempre envuelta en la agresividad de mi padre, que exhalaba los vapores del vino barato que bebía.
Fue en esa calle de tierra donde a patadas mataba a los sapos que aparecían después de los días de lluvia, o corría espantando a los gatos del vecindario. Otras veces, me deleitaba viendo como se debatían los bichos canastos sobre los nidos de las hormigas coloradas, a los que previamente les había sacado su cobertura de protección. Luego llegaba la hora de las piedras contra los pobres pájaros, que no me costaba mucho obtenerlas, porque el suelo estaba lleno de ellas. Los gorriones eran mi debilidad y me entretenía lanzándoselas, para sacarlos de los nidos que hacían en los huecos de las viejas paredes de ladrillos. 
Mi tía era ya una mujer anciana pero estaba bastante fuerte aún. Se casó con un hombre de muy buena posición y enviudó muy joven y desde entonces, nunca nada la había turbado. Había pasado la vida siempre sola en esa casa, con el espíritu lleno de tristezas, como si fuera un paisaje de otoño. Mi padre, luego de la muerte de mi madre, se había dado a la bebida y murió de un repentino infarto poco tiempo después. Ante esos hechos, mi tía tuvo que cobijar en su hogar a mi pequeño hermano que era siete años menor que yo, y en cierta medida, eso le había cambiado aquella vida que llevaba. 
Al pasar por la casa de mi tía después de tanto tiempo, me saludó eufóricamente y me pidió que entrara, invitándome a cenar más tarde con ellos, pero yo me rehusé. Le dije que en realidad estaba de paso por el barrio y me quedaría sólo para saludar a mi hermano, que en esos momentos estaba en la escuela y que dentro de una hora regresaría a esa casa. En el pasado siempre ella me había ignorado, discriminando a mi madre y a la vez había sido cómplice silenciosa de mi padre y ahora pretendía agasajarme. 
 A mi padre el trabajo mucho no le apasionaba y era un permanente habitante del bar. Cuando estaba sobrio tenía la propiedad de ser enérgico y a la vez simpático, galante y comprador con la gente. La mala imagen para los demás siempre la daba mi pobre madre, con su enorme tristeza a cuestas. Ella murió junto con la niña en el mismo instante del parto, pocos días después que sucedió todo aquello. Mi padre siempre nos gritaba y nos golpeaba a mí y a mi hermanito con lo primero que tuviese a mano. En aquel tiempo, sin dinero no podía tener juguetes y por eso vivía en la calle buscando entretenerme.
Allí frente a nuestra casa se formaba el centro de reuniones de los pibes del barrio. Después vinieron las peleas con los chicos, cuando yo perdía en los juegos de las figuritas o las bolitas, donde para recuperarlas siempre les pegaba. En esos años las maestras habían tocado varias veces el timbre de mi casa para alertar sobre mi actitud agresiva en la escuela. Pero la simpatía de mi padre y a la vez su firmeza las dejaba desconcertadas y siempre se iban sin respuestas. Ahora pienso que mi padre gozaría al saber que tenía un hijo tan agresivo como él.
Mi madre siempre andaba con cara larga cuando mi padre volvía con demasiado olor a vino y ella le gritaba lo de siempre:
¡La plata no alcanza! 
¡La plata no alcanza, porque la derrochan! ―, le respondía mi padre gritando.
Yo y mi hermanito los mirábamos discutir aterrados y aquellos gritos perduraban en nuestros oídos por bastante tiempo. Luego, en completo silencio, nos sentábamos a cenar en la mesa familiar preparada por mi madre. Sólo se oían los rumores de las sillas sobre el piso de baldosas y los cubiertos en los platos conteniendo los fideos con tuco que era la comida más barata. Mi padre comía ansiosamente con su vaso de vino permanentemente lleno y mi madre sufría probando algunos pequeños bocados, mientras mi hermanito y yo terminábamos rápidamente el plato. Después limpiábamos el tuco con miga de pan, para aprovechar lo poco que quedaba.
Todo sucedió aquella vez, que yo quería unos botines de fútbol para mi cumpleaños de quince. Ansiaba un par de botines baratos, pero nuevos, para poder jugar en la canchita del club del barrio. Pero no pensaba en pedírselos a mis padres, aunque hacía más de un año que mis pies sólo usaban un viejo par de zapatillas.
―“¿Y las calles de la canchita de fútbol, también habrían sido asfaltada?” ―, me preguntaba ahora, mientras me seguía hablando mi tía en la puerta de su casa.
La canchita estaba en la otra cuadra y era un terreno grande con una pequeña tribuna lateral de madera y seguro que estaría corriendo el mismo auge de modernidad, pero todavía no había tenido tiempo para ir a verla.
Mi tía me tomó la mano y no paraba de hablar. Me dijo que el domingo le había llevado flores a mi padre en el cementerio de la ciudad y que estaba un poco descuidada la tumba. Repentinamente, me preguntó si lo había ido a visitar y le mentí que sí. En realidad yo no pensaba ir a verlo por nada del mundo, mientras lo recordaba entrando bebido y enojado a nuestra casa por aquella puerta de la vereda de enfrente, que ahora con otros dueños se la veía reluciente. Para sacármela de encima le dije que iría a alcanzar a mi hermano a la salida de la escuela y así me fui, transitando por esas calles de mi niñez, sobre aquellas veredas totalmente remozadas que olían a asfalto.
En un tiempo mi padre había acentuado su agresividad en contra de todo lo que tuviera a su alrededor y aquella vez que había empujado y tirado al suelo a mi madre, le dije a ella que nos fuéramos de casa.
― ¿Y adónde nos vamos a ir? ―, me respondió llorando, con el miedo que nos pasara algo a nosotros que era lo único que tenía en su vida.
Realmente podríamos haber ido a cualquier parte, porque en esa vida signada por la violencia cualquier lado sería mejor. Hubiera sido preferible irse, a quedarse en ese barrio con todos los parientes de mi padre que encima la despreciaban y humillaban. Pero también la habían desahuciado en su propia familia y por eso ella estaba sola en el mundo con nosotros. Era hija de judíos y mi abuelo la había desterrado de su hogar para siempre, porque con su fanatismo religioso nunca quiso aceptar que haya quedado embarazada de un hombre como mi padre, de vida disipada y ajena por completo a sus férreas tradiciones.
Al salir del reformatorio fue a mi madre a quien primero visité en el cementerio judío del pueblo donde ella vivía de chica con su familia. Allí, por primera vez vi a mi abuela y cuando conocí su historia no pude contener las lágrimas. La anciana tenía rasgos similares a mi madre, con su misma cara sufrida. Había recibido durante toda su vida el trato agresivo e intemperante de mi abuelo. Recién al fallecer éste, pudo rescatar los restos de mi madre y mi hermanita de nuestra ciudad para traerlos a ese cementerio. Fue ella la que me ayudó ofreciéndome vivir en su casa en ese pueblo y me ubicó en la misma habitación de mi madre cuando ella era pequeña. 
Aquel día del fin de mis catorce años fui por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, pensando cómo hacer para conseguir los botines de fútbol que mis padres no me podrían regalar. Yo estaba dispuesto a realizar cualquier trabajo, pero en esos días nadie me necesitaba y por eso, en ese momento la aparición de esa viejita fue un hecho providencial. Estaba muy bien vestida en esa calle vacía y oscura a las ocho de la noche. Me acerqué sigilosamente y le di un violento empellón, como aquel que mi padre le había dado a mi madre. Tenía grandes gafas, un bastón y una gran cartera del que extraje el dinero y ni por asomo pensé en ese entonces, que esa caída le provocaría la muerte. 
Esa noche dormí contento, porque al día siguiente estrenaría mis botines. Para hacer la compra salí un poco antes de la escuela del pueblo y pasé a buscar a mi hermanito. Lo llevé a un local de comidas del centro de la ciudad, donde nos sirvieron unos sabrosos platos de carne como hacía mucho tiempo no habíamos probado. Pedí helados con unas deliciosas porciones de tortas y me sentía feliz viendo su alegría. Con el resto del dinero compré un suéter bastante amplio para mi madre y para mi padre una botella de buen vino, aunque más no sea para que no oliera a vino barato.
Cuando llegué a casa, mi madre con la prenda en sus manos miraba mis botines aterrorizada.
¡Qué angustia tengo!, me dijo, mientras me abrazaba fuerte y me acariciaba y yo sentía toda la presión de su panza de ocho meses sobre mi cuerpo. No se me había ocurrido que pasaría eso, ni su angustia, ni ese abrazo y esas caricias. 
“¡Como me gustaban las caricias de sus manos!”. Mi madre sólo las usaba para trabajar, como si coser ropa ajena fuera la única razón para tener manos. No le di explicaciones de donde había sacado el dinero, mientras ella seguía mirándome triste y pensativa. 
La ayudé a preparar la mesa para comer y cuando llegó mi padre del bar con un poco de olor a vino, mi madre le susurró algo al oído. Él me miró enfurecido y gritó. Pero cuando me fue a levantar la mano, mi madre lo atajó como pudo con su panza y yo asustado me abracé a mi hermanito que lloraba. Mientras lo contenía, mi madre le decía que todo se iba a arreglar y al mostrarle la botella de vino fino que le había regalado, se calmó rápidamente y me pidió que me acercara. Entonces, me miró largamente y me abrazó sin hablarme.
En realidad tengo la sensación que nunca hablé con mi padre, porque si intentara recordar algún diálogo, me resulta imposible, sólo podría vislumbrar algunas frases sueltas, siempre envueltas entre sus gritos. Cenamos fideos con tuco como siempre, pero la mesa de mi cumpleaños estaba alegre y esa noche no había silencio. Mi hermanito no paraba de contar como fue aquel almuerzo, especialmente los postres, mientras mis padres sonreían.
Cuando los agentes de policía aparecieron en la puerta de calle, mi madre comenzó a llorar y mi padre se puso delante y les pidió que no me llevaran.
Es muy bueno, es un pibe que ayuda mucho en la casa , les explicó con convicción, pero sin ningún éxito. Yo no quería llorar, mientras mi madre le imploraba a los policías y mi hermanito me abrazaba. Cuando salí de la casa, todavía a lo lejos sentía los llantos de mi madre. Mi padre fue conmigo a la comisaría del barrio y luego le dijeron que me dejara solo por un momento porque me tenía que interrogar una asistente social. Al retirarse me abrazó en silencio y pensé que habían sido demasiados abrazos para un solo día. 
Y después, entró aquella señora de la ciudad, maquillada y muy bien vestida que me habló de la ley de menores, la violencia familiar y las malas influencias. Me preguntó si yo o mis padres consumíamos drogas. Hablaba mucho de mi familia, mientras yo me entretenía mirando mis botines nuevos.
¡Dejé a mi familia en paz!, le grité con una furia repentina y entonces, asustada, la mujer se quedó como paralizada y se calló. Yo seguí mudo pensando que ella, en esa distinguida existencia, nunca comprendería que es lo que siente un chico de un barrio pobre, cuando no tiene dinero y desea tener un par de botines de fútbol para su cumpleaños de quince. En aquel momento, yo no tenía conciencia que había realizado algo malo y cometido un delito. Sumido en ese clima de permanente violencia, pensaba que lo que había hecho no era nada. Simplemente había empujado a una viejita en una calle de la ciudad, en medio de la oscuridad de la noche. 
Luego que me internaron en un Instituto de rehabilitación prácticamente ya no ví más a mis padres. En los primeros días me enteré de la muerte de mi madre con mi hermanita en el mismo parto y poco después la de mi padre por un infarto.  Recién con el tiempo, fui comprendiendo que independientemente de la pobreza, el crecimiento en una atmósfera de violencia familiar, envuelta en el miedo, la tensión y la falta de amor, había influido negativamente en mi vida.
Y en ese atardecer en el camino hacia la escuela del barrio donde transcurrió  mi infancia para buscar a mi hermano, inmerso en los agudos secretos de esas calles, percibía una cálida brisa en mi rostro. De pronto, al observar a lo lejos la figura del cuerpo de un muchacho que se acercaba hacia mí en silencio, sentí la misma sensación de felicidad de las caricias de mi madre, como cuando yo era pequeño. 
Al principio me parecía tan lejano que no se desplazaba, pero en seguida, lo que había estado tan lejos estuvo más cerca. Y en ese retroceder del tiempo y la distancia, mis ojos se alegraron de lo que estaban contemplando, mientras el brillo de su rostro acrecentaba aquella figura que se acercaba. E inmediatamente al reconocer su imagen, me pareció en ese reencuentro como si el tiempo hubiera estado quieto y no pasara, como si todos esos atardeceres en ese barrio a pesar de ser distintos siguieran siendo los mismos, como si todavía fuéramos niños y aún nuestra madre estuviera viviendo en aquella casa junto a nosotros.

 
Ganador de Concurso Literario de Cuentos Revista Kya!.
México. Enero 2016.

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